Terra Morte
Primer Libro
Capitulo 3
El Eclipse Maldito
Sigfried veía adolorido el desolador panorama. Un verdadero río de sangre se extendía por toda la longitud de la Plaza de la Ciudadanía. El lugar estaba devastado, se podían ver trozos humanos cercenados por todas partes.
No había pensado jamás que encontraría semejante resistencia a sus planes. Boris le había dejado el cuerpo con cuatro heridas de balas que le dolían un infierno, incluyendo un golpe mortal en la zona del tórax.
Sin perder más tiempo, decidió hacer reaccionar a Requiem, primero sacudió el cuerpo de su compañero. Al no encontrar ninguna señal de que este recobrara la conciencia. Comenzó a darle fuertes cachetadas para que reaccionara con el dolor.
Finalmente, Requiem despertó, viendo el rostro sangrante de Sigfried.
- Sigfried ¿Qué sucedió? –
- Logré vencer al comunista. –
- … -
Requiem se levantó lentamente de su sangriento descanso. Al principio tuvo un poco de dificultad al levantarse, así que necesitó afirmarse en Sigfried para poder levantarse definitivamente.
- Ahora que ese hueon esta muerto… ¿Qué haremos? –
Sigfried tomó un descanso antes de poder hablar.
- Entraremos a La Moneda de una buena vez. Ahí, yo me contactaré con Jack y Constantino para que me informen de la situación. –
- ¿Yo que haré por mientras? –
- Tú realizarás el Eclipse. Ha llegado la hora de que todo el mundo contemple nuestro regreso. Es hora de la Revolución. Nuestra Revolución. –
Requiem miró al piso con algo de nerviosismo. Sabía muy bien lo que sucedería cuando el Eclipse se llevara a cabo.
Se puso a caminar un poco y se dio cuenta del cuerpo desplomado de Boris. Requiem se dio cuenta de inmediato de que el líder comunista no estaba muerto.
- Sigfried… -
- ¿Si, Requiem? –
- Este tipo…No estoy seguro de que esté totalmente muerto. Deberíamos hacer la señal aquí, para que después de todo esto, matemos definitivamente a este maldito rojo. –
Sigfried, se encogió de ira…Apretó sus puños fuertemente y luego gritó violentamente
- ¡Ese conchesumadre no pudo sobrevivir a una batalla como esta! ¡Yo lo brutalicé!
¡Lo hice cagar! ¡Lo reventé!… ¡Es imposible que alguien quede vivo después de enfrentarse conmigo, y tu lo sabes! –
Requiem miraba a Sigfried con miedo. Era la primera vez que lo veía tan alterado. Nunca antes lo había tratado tan mal.
Sigfried se dirigió a Requiem y comenzó a gritarle en plena cara.
- Pendejo de mierda…Vas a venir conmigo a realizar el Eclipse en el Patio de los Naranjos. ¡Si no terminamos esto esta noche, el Fuhrer nos matará! –
- Bien…Iré contigo. -
Requiem no podía quedarse indiferente ante esta advertencia. Tuvo que ir con Sigfried. Ambos Nacional Socialistas comenzaron a caminar en dirección a La Moneda, que estaba a unos pocos metros de ellos. Requiem nunca dejó de mirar hacia atrás…Sabía que Boris no estaba muerto, a pesar de lo que dijese su compañero.
Sigfried acababa de cometer el peor error de su vida.
La puerta principal del Palacio de la Moneda fue golpeada por algo. Se estaba debilitando con cada golpe. Hasta que finalmente comenzó a ceder. Cada golpe no solamente la astillaba, sino que la quemaba y la consumía, volviéndola débil y decrepita. Esos golpes eran perpetrados por Sigfried.
Finalmente en un arranque de ira, la puerta fue derribada por el líder Nacional Socialista. Sigfried lanzó un gran grito de furor, y acto seguido derrumbó la puerta del palacio de Gobierno, solo para encontrarse con una desagradable sorpresa.
Según lo que pensaban los Nacional Socialistas. La Presidenta de la Republica, Michelle Bachelet, se encontraría en el Palacio junto con su gabinete, para defenderlo a sangre fría tal y como Allende defendió la Moneda en el 73. En dicha ocasión, el Presidente Socialista disparó a diestra y siniestra contra los militares que venían a desalojarlo, en este menester fue apoyado por sus compañeros de partido, los cuales estaban parapetados con ametralladoras. Los Nacional Socialistas pensaron que la escena se iba a repetir.
Pero nada de eso ocurrió. La Moneda por dentro estaba vacía, totalmente desprovista de resistencia o habitantes.
Sigfried y Requiem se sorprendieron muchísimo. Pensaron que deberían librar y deshacerse del Gobierno de turno en otra cruenta batalla como la de hace unos minutos atrás. A pesar de que se habían evitado otra lluvia de balas que pudiese agravar el ya deteriorado estado de salud que tenían, esta situación les suponía un riesgo demasiado grande, del cual Sigfried sabía muy bien…
Por esto mismo, cuando siguieron caminando por el patio de los Cañones, hasta llegar el famoso Patio de los Naranjos, Sigfried siguió observando su solitario panorama. Definitivamente eran los únicos que estaban caminando por las dependencias del Palacio de Gobierno.
Sigfried sabía que algo estaba saliendo mal en el plan. Había una sola cosa que debía hacer.
- Requiem…Algo salió mal en nuestro plan. Debes realizar el Eclipse de inmediato. –
- ¿Qué sucede? –
Requiem notaba lo nervioso que estaba su compañero. Sus ojos estaban algo brillosos, y además uno de sus puños cerrados estaba algo tembloroso.
- El hecho de que La Presidenta no esté en este lugar solo puede significar una cosa…Debo hablar con los demás miembros de nuestra organización, incluyendo al Fuhrer. Esta situación es muy grave. -
La voz de Sigfried denotaba angustia. Si había algo que hacía que Sigfried perdiera los estribos, era que sus planes fueran interrumpidos por detalles o imprevistos inesperados. El guerrero Nacional Socialista era muy perfeccionista.
Requiem entonces trató de tranquilizar a su jefe.
- No te preocupes, Sigfried. Haré el Eclipse ahora. Tu ve hacia el despacho presidencial, ahí de seguro que debe haber un teléfono. -
Sigfried no le dio las gracias. Estaba demasiado nervioso al respecto. Subió rápidamente a la escalera más cercana, de manera que pudiese llegar al despacho presidencial. El patio y las escaleras en sí se le hacían eternas debido a la tensa situación.
Requiem por su parte, comenzó a canalizar energía en sus manos. Para hacerlo, juntó las yemas de los dedos de ambas manos de forma muy sutil, formando un espacio con sus manos con forma de rombo. Requiem estaba muy concentrado juntando su energía en el espacio que se formaba entre sus manos. Hasta que finalmente se pudo divisar un circulo difuso. Era una esfera de energía color negra. Era como un vapor muy denso.
Requiem siguió canalizando energía, solamente que ahora cambió la posición de sus manos. Ahora con su mano derecha estaba sosteniendo la esfera de vapor, mientras que con la otra mano ponía dos dedos en su frente. Al cabo de unos segundos, la esfera cambió su forma a una lanza de vapor negro. Esa era la forma definitiva del conjuro que estaba realizando.
Entonces, una vez terminada la oscura forma. Requiem se alistaba para lanzar el arma de energía oscura al infinito. Se colocó en posición de lanzamiento, y usando todas sus fuerzas, toda su mórbida fuerza, lanzó el objeto de energía a la oscuridad de la noche. La lanza recorrió el cielo nocturno a gran velocidad, hasta perderse de vista.
La Lanza acuchillaba el cielo a su paso, haciendo profundas heridas en la atmósfera, las cuales terminaron formando una aurora boreal de sangre. El espectáculo era tan hermoso como enfermizo. El paso de la Lanza iba agrandando esta aurora boreal sangrienta, además de dejar una estela del mismo liquido que lentamente comenzaba a infectar a las nubes cercanas. Pronto llovería sangre sobre Santiago, tal y como Requiem se lo había prometido a Sigfried.
El joven Nacional Socialista miraba el espectáculo tal y como un niño mira un show de fuegos artificiales. Estaba encantado. Las nubes volviéndose rojas de sangre eran un show que difícilmente se podía sacar de la cabeza. Requiem apreciaba cada detalle: los movimientos de la Aurora de Sangre, los hilos de sangre acariciando y entintando las nubes. Era hermoso para él.
Sigfried no tenía tiempo para poder observar el bestial show creado por Requiem. Debía llegar lo mas pronto a un teléfono para poder comunicarse a los celulares de sus aliados. Pero sobre todo, esperaba la llamada de Charlie Johanssën. Era la persona que debía estar enterada antes que nadie del asunto.
La Lanza por su parte ya estaba llegando a su objetivo: La Luna.
El artefacto de energía maléfica ya estaba cruzando la estratosfera y se aprestaba a llegar al espacio exterior. La estela de sangre seguía su curso y continuaba manchando el cielo, como una pincelada mancha la tela.
Al cabo de unos minutos, la Lanza finalmente impacto en el satélite terrestre, dejando tras de sí un hilo de sangre que era visible desde todos los puntos del mundo, pero aun así. Eso era solo el comienzo del show.
La Lanza finalmente impactó de lleno en la luna, quedándose estática durante cerca de 30 segundos. Una vez finalizado ese tiempo, esta masa de energía comenzó a derretirse, manchando la luna con sangre oscura y sucia.
La Luna se estaba corrompiendo. Por todas partes del mundo se preguntaban que estaba sucediendo. Era una especie de eclipse, solamente que en vez de atravesarse un cuerpo celeste entre medio de la Luna, esta estaba siendo cubierta por un liquido rojo. La gente de los otros países miraba con suma extrañeza este evento. No tenían idea de lo que estaba ocurriendo en Chile.
Hasta que finalmente, lo que comenzó siendo un espectáculo curioso para las personas que estuviesen disfrutando la noche, lejos de la terrible masacre que ocurría en suelo Chileno, pasó a ser el inicio del horror y la desesperación.
La Luna una vez que quedó teñida de rojo completamente, comenzó a brillar. Era un brillo intermitente e irregular, como el de una transmisión de televisión de mala calidad. Un círculo blanco se comenzó a dibujar en medio de la Sangrienta Luna, y una vez se completó el círculo, apareció lentamente el símbolo maldito: La Svástica Nazi.
La Luna finalmente se había convertido en una enorme Svástica en medio de la noche. Era el anuncio definitivo de que el Nazismo había resucitado para saldar cuentas con el mundo que lo había desterrado a lo profundo del Abismo hace ya más de 50 años. La Luna Sangrienta le gritaba al mundo de forma silenciosa, que dentro de poco los horrores del Nacional Socialismo volverían a caminar sobre la Tierra, con mas fuerza y furia que nunca.
El Eclipse era visible desde todos los países donde estuviese de noche. Pero los efectos verdaderos de este conjuro solo se podían apreciar en Chile. El paso de la Lanza había provocado que las nubes del cielo quedaran corruptas. Había comenzado a llover sobre Santiago, pero no era agua lo que llovía, sino que era sangre. Las calles estaban quedando manchadas a más no poder con el fluido corporal que llovía a cantaros. Los rayos y truenos no hacían más que empeorar el ambiente apocalíptico de la escena.
Los combatientes comunistas que se encontraban parapetados con sus improvisados puestos de combate por los distintos puntos de la Capital estaban muy nerviosos y asustados. Se habían dado cuenta de que sus improvisadas barricadas hechas con camiones, bayonetas y neumáticos quemados no serían suficientes para poder frenar a un enemigo que hacía llover sangre del cielo y que podía convertir a la Luna en una Svástica. Aun así, no se rendirían. Aunque todo estuviese en contra de ellos.
El Cerro San Cristóbal era uno de los lugares perfectos para poder ver el panorama capitalino. Los distintos puntos de la capital estaban llenos de barricadas hechas por los combatientes comunistas. Era una constante ver fogatas y caminos cortados por las trincheras urbanas creadas para defender las poblaciones. El pueblo se iba a defender con todo lo que estuviese a su alcance de los Nacional Socialistas.
Jack Copperfield podía ver esto con mucha claridad. Estaba en lo alto del Cerro San Cristóbal, en el Santuario de la Virgen. Probablemente el lugar mas alto de Santiago.
Su misión era la de iniciar el ataque contra la nación. La señal para que diera la orden de ataque era la aparición de la lluvia de sangre, cosa que ya estaba en pleno desarrollo. Jack también estaba manchado con el fluido rojo que caía del cielo corrupto de Santiago.
Entonces supo que había llegado la hora de la verdad. Debía gritar a los cuatro vientos que Santiago debía quedar reducido a cenizas. Su grito de guerra se escucharía en toda la capital. Jack tomó su espada y e hizo un ademán de apuntar hacia el frente, como todo un general. Con su otra mano hacía sicóticos movimientos como una garra, de manera de expresar su odio. Odio que se materializaría en el discurso que estaba a punto de enunciar.
- ¡Por fin ha llegado el momento, mis camaradas! ¡Levántense, Hijos del Nazismo! ¡Levántense y lleven al mundo nuestra ansiada venganza! ¡Asesinen a la escoria que abunda como ratas en nuestra nación! ¡Maten a los Negros, a los Flaites, a los comunistas y a los Malditos Homosexuales e Inmigrantes! ¡Nadie de esos Hijos de Puta debe quedar con vida! –
Una vez terminado este manifiesto de odio, un brillo fuerte comenzó a generarse en la punta de su espada, Jack entonces comenzó a hacer movimientos similares a los de un director de orquestra, con cada movimiento se generaba una explosión en la Capital, las cuales dada la altura en que se encontraba Jack, se podían apreciar en todo su esplendor. La cuidad comenzó a ser atacada por diferentes eventos ígneos, los cuales solo hacían expandir la devastación que buscaban los Nacional Socialistas.
Este terrible espectáculo era uno de los ataques especiales de Jack la cual era llamada por aquellos que la conocían como “La Orquestra de la Locura”
Dichas explosiones no eran bombas preparadas. Eran creadas por la energía de Jack, la cual era canalizada por medio de la espada que empuñaba. Cada movimiento significaba una explosión en el lugar al que apuntara la punta de la espada. Era un ataque especialmente creado para destruir ciudades.
Este ataque también tenia como objetivo dar el aviso de que había comenzado el ataque definitivo contra la posible resistencia al Nacional Socialismo.
Las milicias de esta facción, las cuales estaban todas con pasamontañas y diversas armas de combate urbano, como Kamas, 9 mm o cuchillas de combate, estaban todas unidas bajo el alero de la Svástica. Todos llevaban el símbolo maldito en su brazo. Eran cientos de miles. No solo en Santiago, sino que también en regiones. El Azote de Johanssën no tendría piedad. Nada se le escaparía esta noche al siniestro ejército Nazi.
Las tropas comunistas fueron rápidamente reducidas y aplastadas. Fueron superadas en número ampliamente, además de que la Orquesta de la Locura de Jack ya había alcanzado a muchos puestos de avanzada, debilitándolos y en algunos casos, destruyéndolos. La fatal combinación de la magia de Jack Copperfield y la gigantesca masa de guerreros Nacional Socialista hicieron fácil la labor de exterminio.
En tan solo 45 minutos, la cuidad de Santiago ya había sido tomada. Nadie podía ya oponerse a los Nacional Socialistas. La capital del país fue diezmada completamente y purgada de todos aquellos que podrían oponerse a Johanssën. La población civil de todas maneras trató de ser protegida durante el ataque. Esto fue meramente una medida política. El nuevo gobierno nunca podría ser aceptado si mataba a la población inocente…o en este caso, a más población de lo necesario.
Jack veía el espectáculo desde las alturas del Cerro San Cristóbal. Reía con grandes, profundas y sicópatas carcajadas. Ver tal cantidad de muerte, sufrimiento y devastación le provocaba un infinito placer. Para él era comparable con el orgasmo. Ver la muerte y el sufrimiento para Jack era espectacular.
Lejos de toda esta mierda. Sigfried se encontraba en el despacho presidencial. Había escuchado toda la balacera, los gritos y las interminables explosiones por toda la capital. Era un show ensordecedor y que resultaba perturbador incluso para él. Se puede decir que era el único miembro del escuadrón que no disfrutaba del exterminio como la hacían sus enfermos compañeros.
Sigfried además tenía razones para sentirse así.
Había contactado con los demás Dioses del Asesinato, los cuales eran 15 en total. Se autodenominaban como Dioses del Asesinato, dadas sus anti naturales capacidades para la destrucción y para los trabajos de exterminio. Los 15 miembros estaban dispersos por todo el país liderando todos los operativos del Golpe de Estado a nivel nacional. Los líderes de esta cúpula eran Johanssën y Sigfried.
El grupo completo de estos 15 homicidas era denominado “Organización Valhala”
Sigfried había contactado con Constantino. El cual debía encargarse de rastrear por aire cualquier amenaza que pudiese intervenir en su plan. Sigfried en estos momentos estaba recibiendo por celular pésimas noticias de parte de Constantino, las cuales se estuchaban de forma no muy clara.
- …Y entonces, fue ahí cuando vi el avión presidencial…Estaba volando rápidamente en dirección hacia el norte…Estaba escoltado por diversos aviones de la FACH que aun eran piloteados por leales…al Gobierno…Los aviones comenzaron a disparar contra mí y contra el Grand Auchswitz…Cuando pude desbaratarlos, ya era demasiado tarde…La Presidenta junto con su gabinete ya habían escapado… -
Sigfried se agarraba la cabeza. No podía entender como se les había escapado uno de los principales objetivos a eliminar. Trataba de contener su rabia. Estaba realmente furioso por la situación.
- Bien, Constantino…Al menos ¿Pudiste tomar el rumbo al que fueron? –
- Sus coordenadas apuntaban directamente hacia el noroeste del continente. Iban a una velocidad demasiado alta. Probablemente… -
Constantino se quedo callado por unos segundos. Sigfried entonces perdió la paciencia.
- ¡¡Habla, Constantino!! –
- Probablemente hayan escapado hacia Venezuela. Es posible que Bachelet se haya rebajado a pedir asilo político en dicho país…Tu sabes lo demencial que es Chávez, sabes también su odio por la ultra derecha. Dicho cerdo socialista podría perfectamente sembrar la cizaña en el continente respecto a nosotros…Incluso podría alimentar una campaña bélica para oponerse a nosotros… -
Sigfried dejó caer el teléfono. El aparato cayó en medio de la sala, mientras Sigfried seguía petrificado por la rabia. Hasta que finalmente toda su ira explotó.
- ¡¡Socialistas Hijos de Puta!! –
Sigfried dejó escapar toda su rabia en forma de una explosión que hizo volar el despacho en que se encontraba. Incluso volaron algunos pedazos de edificio cerca de donde estaba Requiem, por lo cual este tuvo que huir de algunos trozos de edificio en llamas.
Sigfried luego de eso golpeó con gran fuerza la mesa del despacho con sus dos manos, con una fuerza tal, que sus heridas de la batalla con Boris le pasaron la cuenta. El Nacional Socialista se había desplomado en la sala, quedando tirado en la sala y con sus heridas abiertas otra vez.
Sigfried estaba en el suelo, arañándolo…Rasgando la alfombra del saló, mientras los restos del despacho ardían en llamas. Sigfried se sentía lleno de rabia, pasado a llevar, incluso se sentía violado.
- Los odio…Odio a los Socialistas…Siempre corriendo como gallinas. Siempre mariconeando. Siempre haciéndose las victimas…Siempre echándole la culpa a otros de sus nefastos errores…Los odio. Deberían haberse muerto todos hoy, pero escaparon a chuparle el pico a Chávez. -
Sigfried incluso cerraba los ojos, y apretaba los puños…Estaba bañado en rabia y enojo. Su plan en parte había fracasado, exponiendo al nuevo Gobierno de Johanssën a una posible Guerra Continental.
- Los mataré…Juro… ¡Que los mataré! –
Afuera el panorama era desolador. La capital estaba en su mayoría en llamas, había muchos sitios devastados por los ataques Nacional Socialistas, las milicias estaban reagrupándose poco a poco. La sangre que había caído sobre Santiago ya estaba seca, dejando a la cuidad en un estado por lo demás ruinoso.
La capital había sido reducida a un yermo humeante lleno de milicias Nacional Socialistas moviéndose por todas partes. Los sobrevivientes estaban llenos de terror. Charlie Johanssën en cualquier momento se alzaría oficialmente como el nuevo gobernante de la nación, coronando una noche de genocidio de proporciones épicas
En regiones, los demás miembros de Valhala se habían encargado de transformar las cuidades en verdaderos infiernos, en verdaderas cacerías de los enemigos del Nacional Socialismo. Los muertos abundaban en las calles, mientras que vastas legiones de moscas y palomas se dedicaban a devorar los cadáveres humeantes de los cientos de personas que cayeron esa noche.
En una noche, Chile había pasado de ser un país común y corriente, a convertidse en un grotesco yermo. Se estima que esa noche fueron brutalizadas cerca de seis millones y medio de personas.
Fue así como el martirio del Régimen Nacional Socialista comenzó para Chile y sus habitantes.
El cuerpo destrozado de Boris Lastarria yacía en las afueras de la plaza de la ciudadanía, entre medio de las llamas, bombardeos y la feroz masacre, el cuerpo del dirigente comunista yacía en medio de la plaza. Nadie le prestaba atención. Ahí yacía completamente destrozado, aunque respirando, el cuerpo de uno de los pocos sobrevivientes del Chile antes de la intervención de Johanssën y de la Organización Valhala.
Todo parecía indicar que Boris iba a morir ahí.
Pero fue entonces que ocurrió algo inesperado.
Entre medio del humo, se podía divisar a un hombre caminar. Era un hombre vestido con un largo abrigo negro, al estilo de los sacerdotes. Sus botas con placas metálicas resonaban en el piso, salpicando la abundante sangre derramada en el lugar. El hombre llevaba un uniforme de militar muy al estilo de José Miguel Carrera detrás del abrigo. Era un traje de tela muy gruesa, el cual estaba amarrado con múltiples correas con grandes botones. Llevaba un cinturón de cuero con una hebilla con forma de cráneo.
El hombre llevaba también un bastón muy rustico y viejo, cuya cabeza era un cráneo carcomido por lo viejo que estaba. Tanto el cuello del traje, como las placas metálicas de sus botas, así como también la frente del cráneo de la hebilla de su cinturón llevaban un mismo símbolo: Era una especie de cruz, cuyo extremo inferior en vez de ser alargado, formaba una especie de garfio puntado muy pronunciado.
El rostro de este sujeto era bastante juvenil, casi como el de un adolescente. Su pelo era totalmente blanco y sus ojos eran café claro, los cuales emanaban esa dulce malicia juvenil propia de un revolucionario. Era de apariencia bastante joven, a simple vista tendría fácilmente unos 20 años.
El sujeto iba caminando tranquilamente, hasta llegar al cuerpo de Boris Lastarria.
Una vez llegó ahí, se agachó a recoger el cuerpo del comunista, completamente bañado en polvo y sangre. Se quedó mirándolo unos minutos, con una mirada de condescendencia. A Boris le había pasado algo similar que a él.
El sujeto se llamaba Edward J. Winterson. Aunque prefería que lo llamaran por su seudónimo: Edward Le Morte.
- Boris Lastarria…Asesinado por aquellos a quien tanto detesta. Humillado, con tu dignidad y orgullo profanados…Sé perfectamente lo que se siente. A mi también me paso algo muy similar. Y fue el mismo hijo de puta: Charlie Johanssën. -
Edward tomó a Boris y se lo llevó en brazos. Aunque tuviera la apariencia de un adolescente, tenia la fuerza para llevarse un cuerpo de tal peso.
- No puedo creer que Charlie haya sido capaz de crear esto él solo…Es increíble. Tanta muerte, tanta destrucción. Es impresionante… -
Edward se detuvo para poder apreciar mejor el paisaje que su viejo conocido, Charlie Johanssën, había creado. Veía el paisaje con frustración, aunque también con serenidad. Edward miraba al cielo enrojecido de la Capital.
- Han pasado ya 31 años desde el último día que vi a Johanssën…Han pasado ya 31 putos años desde aquel fatal encuentro…Desde la vez en que Johanssën me mató. Ahora que he podido ver el resultado de lo que sucedió aquella noche, no puedo permitir que esto siga más lejos… -
Edward seguía caminando por las ruinosas calles de la capital, caminaba por los lugares mas devastados, por aquellos a los cuales las milicias Nacional Socialistas seguramente no volverían.
- No importa cuanto me demore, Charlie…Juro que detendré esta locura. Se que esta mierda Nacional Socialista es solo una pantalla. Conozco muy bien tus verdaderas intenciones. Y juro por mi vida…Que no permitiré que logres crear a aquella monstruosidad… -